06 abril, 2006
Maestro Republicano
En tu mirada observo el orgullo de ser Maestro cada día al llegar a la escuela, igual en los días de calor abrasador que con el frío inclemente de la nieve, subido en tu burro blanco, limpio, brillante como un lucero y sus grandes ojos tristes. Inseparables Sancho Panza y Rucio, recorréis los embarrados y solitarios caminos que llevan a los recónditos pueblos de esta tierra Asturiana.
Siempre vienes con tu traje marrón de rayas, ajado por el paso del tiempo, la camisa que un día fue blanca y tus zapatos negros deshechos, remendados, sucios del barro. En el pueblo eres una institución, se sorprendían los viejos de que alguien se interesara tanto por enseñarnos a leer y a escribir, como para subir hasta aquí todos los días.
Nos has entregado unas herramientas que muchos otros de las generaciones anteriores no tuvieron: la escritura y la lectura. Ahora podemos descifrar a nuestros mayores las cartas que llegan de nuestros familiares emigrados y compartimos las sensaciones y experiencias que nos transmiten en la intimidad de nuestros hogares, sin tener que recurrir a la autoridad parroquial, que hasta ahora controlaba no sólo la moral del pueblo, sino también una buena parte de la material.
Gracias por hacernos más libres e independientes, por hablarnos de la libertad de pensamiento, por decirnos que bañarnos desnudos en el río no es pecado y que no vamos ir al infierno por darnos un beso con una niña. Gracias por permitirnos ir juntos a tus clases a las niñas y los niños; gracias por sacarnos del aula y enseñarnos las aburridas matemáticas en un prado, con ejemplos vivos; gracias por enseñarnos que el hombre forma parte de la naturaleza y que la naturaleza forma parte del hombre; gracias por no esconder tu personalidad detrás de una imponente corbata negra ceñida al cuello; gracias por enseñarnos que en la vida, al igual que cuando nacemos y morimos, todos somos iguales, niños y niñas, hombres y mujeres, ricos y pobres.
Como tantos otros Maestros y Maestras un día marchaste sonriente a tu casa y fuimos a despedirte, como de costumbre, a la entrada del pueblo, “Mañana nos vemos niños, mañana nos iremos de visita al río”. Pasaron los años y ese “mañana” nunca llegó, cayó la noche del frío invierno sobre la primavera de libertad y modernidad que nos trajiste. Arrasó cualquier vestigio de libertad de nuestra escuela, llegaron los cuervos con sus negras sotanas y sus duras varas, las camisas azules, los yugos y las flechas, desaparecieron las excursiones, los baños en el río, los libros de poetas y reaparecieron las caras serias, la autoridad firme y eterna, los crucifijos, los palios, los besamanos, las oraciones cuatro veces al día, los himnos al entrar y salir de la escuela.
Cada día preguntábamos por ti Maestro y entre sonrisas nos respondía el cuervo de la sotana negra, que estabas dando “un paseo”. Nosotros nos estuvimos preguntando durante mucho tiempo a qué sitio tan importante te habrías ido a pasear, como para no venir a enseñarnos y pasábamos las clases mirando por la ventana por si llegabas, y al acabar la clase corríamos a la entrada del pueblo, esperando ver las orejas de tu Rucio a lo lejos. Pero nunca apareciste.
Hoy mayores todos, ya sabemos que no te fuiste voluntariamente “de paseo” y que nunca más regresarás de ese viaje al que te llevaron los asesinos, pero debes saber que pudieron arrebatarnos la palabra por un tiempo, pero que los pensamientos y valores que nos inculcaste los tenemos muy dentro y sobretodo, que los buenos recuerdos nunca se olvidan.
Gracias Maestro.
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